El Reloj




 


Respeta el reloj de los demás.

Todos tenemos una misión que cumplir en esta vida, y un reloj interno propio que la marca. No tiene sentido compararnos con los demás: solo cada quien conoce el camino que ha trazado, las herramientas que Dios le ha dado y la misión que le corresponde.
Me gradué de un colegio católico a inicios de los años 90 y entré a la universidad a estudiar Arquitectura. Era el sueño de mi madre: verme a mí como arquitecto y a mi hermano mayor como ingeniero, formando juntos un equipo. Pero mis primeros años allí fueron de inmadurez: amigos, novia, música y películas, sin un rumbo claro. Descubrí que mi verdadera pasión eran los idiomas, y comencé una licenciatura en Idiomas Extranjeros. A dos años de terminarla, tuve que dejarlo todo: tuvimos que emigrar a Canadá por la salud de mi madre, quien iba a tratarse en un hospital adventista de ese país.
Allá, entre mil dificultades, terminé la secundaria de forma acelerada y obtuve mi primer diploma como instructor de inglés. De vuelta en Honduras, entregué mi corazón a la enseñanza. Pero dentro de mí seguía viva la llama de graduarme de la universidad.
A los 36 años volví a la universidad, esta vez con compañeros mucho más jóvenes que yo. Sin complejos, con espíritu joven y mucho entusiasmo, me gradué cuatro años después. A los 42 gané una beca de Harvard en liderazgo educativo, que abrió las puertas a una maestría en Tecnología Educativa con la Universidad Nebrija de Madrid. A los 44 años, por fin, tenía mi carrera completa.
Y aun así, sentía que apenas comenzaba.
Hoy, mirando atrás, no me arrepiento de nada. La vida es hermosa, y los caminos se abren para quien los busca con el corazón. 🕊️
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