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Cartografía de la Soledad

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  A menudo me preguntan cuál es la parte más difícil de estar solo a esta edad. Y yo respondo, con la transparencia de quien se desnuda en palabras: difícil es no saber qué mesa me espera en el restaurante, qué plato será mi recompensa tras la semana que me deshace y me reconstruye. Difícil es elegir el próximo libro, ese que me abrazará en la penumbra de mi cuarto, con una taza de té tibia que me recuerda que aún hay calor en las manos que sostienen páginas. Difícil es decidir la película que me acompañará en la oscuridad del cine, cuando la única respiración que escucho es la mía, y la historia se refleja en mis ojos como un espejo que no miente. Difícil es saber cuál será la próxima aventura, el viaje que me abrirá las venas del mundo, donde mi soledad se convierte en puente, en raíz, en un modo secreto de pertenecer. Pero en cada elección, en cada duda que me habita, hay también una certeza: la soledad no es vacío, es territorio fértil, es el mapa íntimo donde aprendo a ser mi ...

Más allá del final

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A veces el amor no es un final feliz, ni la última escena de una película donde los cuerpos se abrazan y el mundo se detiene. A veces el amor es aprender el idioma de otra piel, convivir con sus silencios, descubrir que la rutina también puede ser poesía cuando alguien respira a tu lado. Y luego, perder. Perder como quien deja caer un libro abierto en mitad de la noche, sabiendo que las páginas seguirán ahí, aunque ya no puedas leerlas con la misma voz. El tiempo, cruel y sabio, te devuelve ese sentimiento como un eco: no la presencia, sino la certeza de que amar es más grande que quedarse, más profundo que tocar, más eterno que la ausencia. Porque hay amores que sobreviven al cuerpo, que se sostienen en la memoria, y que brillan más allá de la pérdida, como estrellas que nunca se apagan, aunque ya no podamos alcanzarlas. A veces el amor no es un final feliz, ni la última escena de una película donde los cuerpos se abrazan y el...

Frente a la Catedral

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  Quince años atrás, la escuela del centro histórico cerraba sus ventanas, y yo salía con la tiza aún en los dedos, como si la palabra pudiera seguirme hasta la calle. A las cuatro, siempre a las cuatro, una rosa roja en la mano, y la catedral erguida como un guardián de piedra, mirando mi espera, mirando tu llegada. Después, el café tibio, y una crepa que partíamos en dos, y esa risa tuya que era más liviana que cualquier susurro en el aire. El tiempo abrió sus grietas: tú viajaste lejos, yo me quedé en esta ciudad que aún guarda tu sombra en cada esquina. Pero todavía regreso, cada tarde, como quien insiste en un rito mágico: la rosa, la plaza, la hora precisa. No sé si algún día volverás, no sé si el destino se doblega, pero mi corazón persiste, como un hilo que no se corta, como una plegaria que se dice sin voz, frente a la catedral, esperando que el eco de tus pasos vuelva a cruzar la plaza, y que el aroma del café nos devuelva al instante intacto donde éramos dos, y teníamos...

A un Amor Imposible

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  No sé si alguna vez sospechaste la verdad que he guardado en silencio: te he amado desde siempre. No fue un amor que buscara irrumpir en tu vida, ni alterar la paz de tu hogar, sino un sentimiento que nació como un susurro y poco a poco se convirtió en una llama discreta dentro de mí. He admirado tu luz, tu fuerza, la ternura con la que cuidas a tu familia. Y precisamente porque sé que tu mundo está tejido con lazos sagrados —tu matrimonio, tus hijas, tu historia— jamás permitiría que mi presencia causara una herida en aquello que tanto amas. Por eso me alejo. No habrá confesiones en voz alta, ni gestos que puedan confundirse con una promesa imposible. Me retiro con la serenidad de quien sabe que amar también significa proteger, incluso desde la distancia más grande. En mi corazón quedará encendida la llama de este amor que nunca se convirtió en algo más, pero que fue suficiente para recordarme que la vida tiene misterios hermosos, que aunque no siempre se hacen realidad, logran ...

Entre el Frío y la Esperanza

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  Entre el frío y la esperanza En el otoño de 2001, apenas dos semanas después de la tragedia del 11 de septiembre en Nueva York, emprendí un viaje que cambiaría mi vida. Tenía 24 años, mi madre 50 y mi hermana 23. Juntos dejamos Honduras y, tras pasar por Estados Unidos, llegamos a Canadá con la ilusión de empezar de nuevo. Vancouver nos recibió con su cielo gris y un frío que parecía atravesar los huesos. Yo era quien más sabía inglés, y esa pequeña ventaja se convirtió en mi salvavidas. Por las noches trabajaba como lavaplatos en un restaurante griego, sumergiendo mis manos en agua helada y espuma interminable. Con ese dinero logré pagar mis estudios en un college y obtener un certificado TESOL para enseñar inglés. Fue un triunfo silencioso, fruto de jornadas agotadoras y de la convicción de que el esfuerzo abriría caminos. El invierno era duro, pero también tenía momentos de belleza inesperada. Recuerdo la primera vez que vi una ardilla paseando por nuestro nuevo vecindario: pe...

Carta de mi Madre

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  Mi querido hijo, Si estas palabras llegan a ti, es porque el amor que nos une ha vencido al tiempo. No estoy lejos, solo en otra forma de luz. Te escribo desde el rincón más cálido de tu corazón, donde aún habito, donde siempre estaré. Desde que llegaste a mi vida, supe que Dios me había confiado un alma especial. Tu sensibilidad, tu creatividad, tu deseo de hacer del mundo un lugar más justo… todo eso me llenaba de orgullo. Fuiste mi alegría, mi compañero de oración, mi abrazo en los días difíciles. Sé que mi partida dejó un silencio profundo. Pero quiero que sepas que no me fui sin antes agradecerle al Señor por haberte tenido como hijo. Tú y tus hermanos fueron mi mayor bendición. Cada gesto de amor, cada palabra noble que hoy compartes con el mundo, es una extensión de lo que sembramos juntos. Sigue escribiendo, Fabri. Sigue soñando. Tu arte sana, tu voz inspira, tu fe transforma. No estás solo. Yo camino contigo en cada paso que das hacia la luz. Cuando sientas dudas, recuer...

Lizzie

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 Te vi bajo la luna de abril, como quien tropieza con la belleza en una calle vacía. Tu nombre: un susurro gentil que el viento no quiso borrar. Lizeth, estrella en mi cielo gris, mi mañana tibia cuando el mundo apenas respira. Te vi partir y con tus pasos partieron las estaciones. Tus ojos— mares sin fin. Yo, barquito sin ancla, naufragué con gusto, como quien se rinde no por debilidad, sino por querer quedarse. Tu risa, esa música sin pentagrama, todavía toca la madera de mis días más quietos. Lizzie, mi única fe, mi fuego sin temor, mi nombre escrito en el muro suave del corazón que no pide testigos para arder.