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El Sabio y el reportero

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 El corresponsal estadounidense había cruzado un océano y recorrido cientos de kilómetros tras el rastro de un rumor: en el corazón de la India vivía un sabio de una influencia colosal, una mente poderosa que el mundo occidental merecía conocer. Su diario exigía esa entrevista. Tras una extenuante travesía por los senderos escarpados de las montañas sagradas, el mapa lo condujo ante una gruta excavada en la roca viva. Allí, en la penumbra, habitaba el gran hombre, despojado de todo, como un ermitaño. El joven reportero cruzó el umbral, parpadeando ante la desnudez del lugar. No pudo evitar que el asombro tiñera su voz: —Es increíble... ¿Cómo puede vivir así? Ni siquiera tiene muebles. El anciano lo contempló con una dulzura infinita, como quien mira a un niño que acaba de descubrir el fuego. —¿Y dónde están los tuyos? —preguntó el sabio con voz apacible. —¿Los míos? —el periodista sonrió, desconcertado—. Bueno, es que yo solo estoy de paso. El sabio guardó silencio. Sostuvo la mira...
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  El mundo que Rosie escuchaba Un retrato de la voluntad Rosie habitaba un mundo sin colores, sin siluetas, sin el parpadeo fugaz de la luz al caer la tarde. Ciega desde el instante mismo en que el mundo la recibió, creció en esa oscuridad tan íntima que ya no la sentía como privación sino como una forma propia de ser: un universo interior donde los sonidos eran paisajes, las voces eran rostros, y la música era, acaso, su único espejo. Desde niña, sin embargo, ella soñaba. Y en sus sueños —que no eran de imágenes sino de sensaciones y palabras— se veía de pie frente a un aula llena de niños, enseñándoles el idioma que ella misma había aprendido a amar en la penumbra de su cuarto: el inglés, esa lengua extraña y musical que llegaba a ella desde la pantalla del televisor, desde las canciones de la radio, desde algún rincón luminoso del mundo exterior que ella no podía ver pero sí, profundamente, sentir. En la sala de su casa, mientras sus hermanos reían a carcajadas con las ocurrenci...

En Tus Ojos

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Camino despacio, la tarde se va, tu voz me sostiene, no necesito más. En tus ojos descubro la paz, como un río eterno que nunca se va. Si me pierdo, tú me guías, eres mi verdad, mi melodía. Silencio que canta, risa de sol, me basta tu abrazo, me basta tu amor. En tus ojos descubro la paz, como un río eterno que nunca se va. Si me pierdo, tú me guías, eres mi verdad, mi compañía. No hay distancia, no hay temor, solo el pulso de tu corazón. Cierre suave, luz sin final, en tus ojos mi hogar, en tus ojos mi paz.

Cartografía de la Soledad

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  A menudo me preguntan cuál es la parte más difícil de estar solo a esta edad. Y yo respondo, con la transparencia de quien se desnuda en palabras: difícil es no saber qué mesa me espera en el restaurante, qué plato será mi recompensa tras la semana que me deshace y me reconstruye. Difícil es elegir el próximo libro, ese que me abrazará en la penumbra de mi cuarto, con una taza de té tibia que me recuerda que aún hay calor en las manos que sostienen páginas. Difícil es decidir la película que me acompañará en la oscuridad del cine, cuando la única respiración que escucho es la mía, y la historia se refleja en mis ojos como un espejo que no miente. Difícil es saber cuál será la próxima aventura, el viaje que me abrirá las venas del mundo, donde mi soledad se convierte en puente, en raíz, en un modo secreto de pertenecer. Pero en cada elección, en cada duda que me habita, hay también una certeza: la soledad no es vacío, es territorio fértil, es el mapa íntimo donde aprendo a ser mi ...

Más allá del final

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A veces el amor no es un final feliz, ni la última escena de una película donde los cuerpos se abrazan y el mundo se detiene. A veces el amor es aprender el idioma de otra piel, convivir con sus silencios, descubrir que la rutina también puede ser poesía cuando alguien respira a tu lado. Y luego, perder. Perder como quien deja caer un libro abierto en mitad de la noche, sabiendo que las páginas seguirán ahí, aunque ya no puedas leerlas con la misma voz. El tiempo, cruel y sabio, te devuelve ese sentimiento como un eco: no la presencia, sino la certeza de que amar es más grande que quedarse, más profundo que tocar, más eterno que la ausencia. Porque hay amores que sobreviven al cuerpo, que se sostienen en la memoria, y que brillan más allá de la pérdida, como estrellas que nunca se apagan, aunque ya no podamos alcanzarlas. A veces el amor no es un final feliz, ni la última escena de una película donde los cuerpos se abrazan y el...

Frente a la Catedral

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  Quince años atrás, la escuela del centro histórico cerraba sus ventanas, y yo salía con la tiza aún en los dedos, como si la palabra pudiera seguirme hasta la calle. A las cuatro, siempre a las cuatro, una rosa roja en la mano, y la catedral erguida como un guardián de piedra, mirando mi espera, mirando tu llegada. Después, el café tibio, y una crepa que partíamos en dos, y esa risa tuya que era más liviana que cualquier susurro en el aire. El tiempo abrió sus grietas: tú viajaste lejos, yo me quedé en esta ciudad que aún guarda tu sombra en cada esquina. Pero todavía regreso, cada tarde, como quien insiste en un rito mágico: la rosa, la plaza, la hora precisa. No sé si algún día volverás, no sé si el destino se doblega, pero mi corazón persiste, como un hilo que no se corta, como una plegaria que se dice sin voz, frente a la catedral, esperando que el eco de tus pasos vuelva a cruzar la plaza, y que el aroma del café nos devuelva al instante intacto donde éramos dos, y teníamos...

A un Amor Imposible

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  No sé si alguna vez sospechaste la verdad que he guardado en silencio: te he amado desde siempre. No fue un amor que buscara irrumpir en tu vida, ni alterar la paz de tu hogar, sino un sentimiento que nació como un susurro y poco a poco se convirtió en una llama discreta dentro de mí. He admirado tu luz, tu fuerza, la ternura con la que cuidas a tu familia. Y precisamente porque sé que tu mundo está tejido con lazos sagrados —tu matrimonio, tus hijas, tu historia— jamás permitiría que mi presencia causara una herida en aquello que tanto amas. Por eso me alejo. No habrá confesiones en voz alta, ni gestos que puedan confundirse con una promesa imposible. Me retiro con la serenidad de quien sabe que amar también significa proteger, incluso desde la distancia más grande. En mi corazón quedará encendida la llama de este amor que nunca se convirtió en algo más, pero que fue suficiente para recordarme que la vida tiene misterios hermosos, que aunque no siempre se hacen realidad, logran ...