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El Reloj

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  Respeta el reloj de los demás. Todos tenemos una misión que cumplir en esta vida, y un reloj interno propio que la marca. No tiene sentido compararnos con los demás: solo cada quien conoce el camino que ha trazado, las herramientas que Dios le ha dado y la misión que le corresponde. Me gradué de un colegio católico a inicios de los años 90 y entré a la universidad a estudiar Arquitectura. Era el sueño de mi madre: verme a mí como arquitecto y a mi hermano mayor como ingeniero, formando juntos un equipo. Pero mis primeros años allí fueron de inmadurez: amigos, novia, música y películas, sin un rumbo claro. Descubrí que mi verdadera pasión eran los idiomas, y comencé una licenciatura en Idiomas Extranjeros. A dos años de terminarla, tuve que dejarlo todo: tuvimos que emigrar a Canadá por la salud de mi madre, quien iba a tratarse en un hospital adventista de ese país. Allá, entre mil dificultades, terminé la secundaria de forma acelerada y obtuve mi primer diploma como instructor d...

Lo esencial de la vida

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  A veces dedicamos tantos años de nuestra vida a estudiar: universidad, posgrado, maestría, incluso doctorado para algunos. Todo para avanzar en la profesión. Pero en ese camino solemos descuidar lo verdaderamente esencial: nuestra conexión con Dios, con nosotros mismos, con la naturaleza y con los demás. ¿Cuántas veces vemos personas con gran preparación académica, pero vacías por dentro, malcriadas, incapaces de dar siquiera un “buenos días” a otra persona? Vidas personales hechas un caos, de la oficina hacia afuera, por mucha intelectualidad aparente. No olvidemos lo que realmente importa y a que venimos. La inteligencia intelectual no garantiza éxito ni plenitud. Lo que el mundo necesita hoy más que nunca es humanidad, valores, empatía y amor a la naturaleza, los animales y a nuestros semejantes .

El Sabio y el reportero

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 El corresponsal estadounidense había cruzado un océano y recorrido cientos de kilómetros tras el rastro de un rumor: en el corazón de la India vivía un sabio de una influencia colosal, una mente poderosa que el mundo occidental merecía conocer. Su diario exigía esa entrevista. Tras una extenuante travesía por los senderos escarpados de las montañas sagradas, el mapa lo condujo ante una gruta excavada en la roca viva. Allí, en la penumbra, habitaba el gran hombre, despojado de todo, como un ermitaño. El joven reportero cruzó el umbral, parpadeando ante la desnudez del lugar. No pudo evitar que el asombro tiñera su voz: —Es increíble... ¿Cómo puede vivir así? Ni siquiera tiene muebles. El anciano lo contempló con una dulzura infinita, como quien mira a un niño que acaba de descubrir el fuego. —¿Y dónde están los tuyos? —preguntó el sabio con voz apacible. —¿Los míos? —el periodista sonrió, desconcertado—. Bueno, es que yo solo estoy de paso. El sabio guardó silencio. Sostuvo la mira...
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  El mundo que Rosie escuchaba Un retrato de la voluntad Rosie habitaba un mundo sin colores, sin siluetas, sin el parpadeo fugaz de la luz al caer la tarde. Ciega desde el instante mismo en que el mundo la recibió, creció en esa oscuridad tan íntima que ya no la sentía como privación sino como una forma propia de ser: un universo interior donde los sonidos eran paisajes, las voces eran rostros, y la música era, acaso, su único espejo. Desde niña, sin embargo, ella soñaba. Y en sus sueños —que no eran de imágenes sino de sensaciones y palabras— se veía de pie frente a un aula llena de niños, enseñándoles el idioma que ella misma había aprendido a amar en la penumbra de su cuarto: el inglés, esa lengua extraña y musical que llegaba a ella desde la pantalla del televisor, desde las canciones de la radio, desde algún rincón luminoso del mundo exterior que ella no podía ver pero sí, profundamente, sentir. En la sala de su casa, mientras sus hermanos reían a carcajadas con las ocurrenci...

En Tus Ojos

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Camino despacio, la tarde se va, tu voz me sostiene, no necesito más. En tus ojos descubro la paz, como un río eterno que nunca se va. Si me pierdo, tú me guías, eres mi verdad, mi melodía. Silencio que canta, risa de sol, me basta tu abrazo, me basta tu amor. En tus ojos descubro la paz, como un río eterno que nunca se va. Si me pierdo, tú me guías, eres mi verdad, mi compañía. No hay distancia, no hay temor, solo el pulso de tu corazón. Cierre suave, luz sin final, en tus ojos mi hogar, en tus ojos mi paz.

Cartografía de la Soledad

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  A menudo me preguntan cuál es la parte más difícil de estar solo a esta edad. Y yo respondo, con la transparencia de quien se desnuda en palabras: difícil es no saber qué mesa me espera en el restaurante, qué plato será mi recompensa tras la semana que me deshace y me reconstruye. Difícil es elegir el próximo libro, ese que me abrazará en la penumbra de mi cuarto, con una taza de té tibia que me recuerda que aún hay calor en las manos que sostienen páginas. Difícil es decidir la película que me acompañará en la oscuridad del cine, cuando la única respiración que escucho es la mía, y la historia se refleja en mis ojos como un espejo que no miente. Difícil es saber cuál será la próxima aventura, el viaje que me abrirá las venas del mundo, donde mi soledad se convierte en puente, en raíz, en un modo secreto de pertenecer. Pero en cada elección, en cada duda que me habita, hay también una certeza: la soledad no es vacío, es territorio fértil, es el mapa íntimo donde aprendo a ser mi ...

Más allá del final

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A veces el amor no es un final feliz, ni la última escena de una película donde los cuerpos se abrazan y el mundo se detiene. A veces el amor es aprender el idioma de otra piel, convivir con sus silencios, descubrir que la rutina también puede ser poesía cuando alguien respira a tu lado. Y luego, perder. Perder como quien deja caer un libro abierto en mitad de la noche, sabiendo que las páginas seguirán ahí, aunque ya no puedas leerlas con la misma voz. El tiempo, cruel y sabio, te devuelve ese sentimiento como un eco: no la presencia, sino la certeza de que amar es más grande que quedarse, más profundo que tocar, más eterno que la ausencia. Porque hay amores que sobreviven al cuerpo, que se sostienen en la memoria, y que brillan más allá de la pérdida, como estrellas que nunca se apagan, aunque ya no podamos alcanzarlas. A veces el amor no es un final feliz, ni la última escena de una película donde los cuerpos se abrazan y el...