A veces el amor no es un final feliz,
ni la última escena de una película
donde los cuerpos se abrazan
y el mundo se detiene.
A veces el amor es aprender el idioma de otra piel,
convivir con sus silencios,
descubrir que la rutina también puede ser poesía
cuando alguien respira a tu lado.
Y luego, perder.
Perder como quien deja caer un libro abierto
en mitad de la noche,
sabiendo que las páginas seguirán ahí,
aunque ya no puedas leerlas con la misma voz.
El tiempo, cruel y sabio,
te devuelve ese sentimiento como un eco:
no la presencia,
sino la certeza de que amar
es más grande que quedarse,
más profundo que tocar,
más eterno que la ausencia.
Porque hay amores que sobreviven al cuerpo,
que se sostienen en la memoria,
y que brillan más allá de la pérdida,
como estrellas que nunca se apagan,
aunque ya no podamos alcanzarlas.
A veces el amor no es un final feliz,
ni la última escena de una película
donde los cuerpos se abrazan
y el mundo se detiene.
A veces el amor es aprender el idioma de otra piel,
convivir con sus silencios,
descubrir que la rutina también puede ser poesía
cuando alguien respira a tu lado.
Y luego, perder.
Perder como quien deja caer un libro abierto
en mitad de la noche,
sabiendo que las páginas seguirán ahí,
aunque ya no puedas leerlas con la misma voz.
El tiempo, cruel y sabio,
te devuelve ese sentimiento como un eco:
no la presencia,
sino la certeza de que amar
es más grande que quedarse,
más profundo que tocar,
más eterno que la ausencia.
Porque hay amores que sobreviven al cuerpo,
que se sostienen en la memoria,
y que brillan más allá de la pérdida,
como estrellas que nunca se apagan,
aunque ya no podamos alcanzarlas.
ni la última escena de una película
donde los cuerpos se abrazan
y el mundo se detiene.
A veces el amor es aprender el idioma de otra piel,
convivir con sus silencios,
descubrir que la rutina también puede ser poesía
cuando alguien respira a tu lado.
Y luego, perder.
Perder como quien deja caer un libro abierto
en mitad de la noche,
sabiendo que las páginas seguirán ahí,
aunque ya no puedas leerlas con la misma voz.
El tiempo, cruel y sabio,
te devuelve ese sentimiento como un eco:
no la presencia,
sino la certeza de que amar
es más grande que quedarse,
más profundo que tocar,
más eterno que la ausencia.
Porque hay amores que sobreviven al cuerpo,
que se sostienen en la memoria,
y que brillan más allá de la pérdida,
como estrellas que nunca se apagan,
aunque ya no podamos alcanzarlas.
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