El Sabio y el reportero

 El corresponsal estadounidense había cruzado un océano y recorrido cientos de kilómetros tras el rastro de un rumor: en el corazón de la India vivía un sabio de una influencia colosal, una mente poderosa que el mundo occidental merecía conocer. Su diario exigía esa entrevista.


Tras una extenuante travesía por los senderos escarpados de las montañas sagradas, el mapa lo condujo ante una gruta excavada en la roca viva. Allí, en la penumbra, habitaba el gran hombre, despojado de todo, como un ermitaño.


El joven reportero cruzó el umbral, parpadeando ante la desnudez del lugar. No pudo evitar que el asombro tiñera su voz:


—Es increíble... ¿Cómo puede vivir así? Ni siquiera tiene muebles.


El anciano lo contempló con una dulzura infinita, como quien mira a un niño que acaba de descubrir el fuego.


—¿Y dónde están los tuyos? —preguntó el sabio con voz apacible.


—¿Los míos? —el periodista sonrió, desconcertado—. Bueno, es que yo solo estoy de paso.



El sabio guardó silencio. Sostuvo la mirada del joven con una paciencia divina, mientras el viento de la montaña silbaba suavemente fuera de la cueva. Volvió a sonreír con sutileza, desvió la vista hacia el horizonte eterno y murmuró:


—Yo también.


El eco de esas dos palabras flotó en el aire, transformando la gruta en un templo. El periodista se quedó inmóvil, con la libreta abierta en las manos, comprendiendo de pronto que el viaje más largo de su vida acababa de comenzar en ese preciso instante. (anónimo)

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