Frente a la Catedral
la escuela del centro histórico cerraba sus ventanas, y yo salía con la tiza aún en los dedos, como si la palabra pudiera seguirme hasta la calle.
A las cuatro, siempre a las cuatro, una rosa roja en la mano, y la catedral erguida como un guardián de piedra, mirando mi espera, mirando tu llegada.
Después, el café tibio, y una crepa que partíamos en dos, y esa risa tuya que era más liviana que cualquier susurro en el aire.
El tiempo abrió sus grietas: tú viajaste lejos, yo me quedé en esta ciudad que aún guarda tu sombra en cada esquina.
Pero todavía regreso, cada tarde, como quien insiste en un rito mágico: la rosa, la plaza, la hora precisa.
No sé si algún día volverás,
no sé si el destino se doblega,
pero mi corazón persiste,
como un hilo que no se corta,
como una plegaria que se dice sin voz,
frente a la catedral,
esperando que el eco de tus pasos
vuelva a cruzar la plaza,
y que el aroma del café
nos devuelva al instante intacto
donde éramos dos,
y teníamos el mundo bajo nuestros pies.

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