Batman y Robin: Sombras Congeladas
Batman y Robin: Sombras Congeladas
En la Baticueva
Las profundidades de la Baticueva resonaban con el eco de agua goteando desde las estalactitas, formando pequeños espejos en el suelo rocoso. A pesar de la inmensidad del lugar, cada rincón estaba ocupado con tecnología de última generación. Monitores brillaban en la penumbra, mostrando datos en tiempo real sobre Gotham, mientras servidores zumbaban como un latido constante de la guarida del Murciélago.
En el centro, como un depredador listo para la caza, el Batmóvil esperaba. Su diseño era una mezcla de brutalidad y elegancia: una estructura aerodinámica blindada, con líneas negras y azules apenas perceptibles bajo la tenue luz. El rugido del motor, cuando Batman lo encendió, resonó como un trueno en las profundidades de la cueva.
A un costado, la moto de Robin relucía con su estilo ágil y agresivo. Más liviana, pero no menos poderosa, tenía el chasis reforzado y los detalles rojos brillaban con la mínima iluminación. Para Dick Grayson, era más que una máquina: representaba su independencia, su desafío constante a la sombra de Batman.
Alfred los observó desde la plataforma de control, con una expresión fatigada pero firme.
—Cuídense, señores… —Su voz sonó más áspera de lo habitual, como si cada palabra le costara un esfuerzo adicional—. Y, por favor… tengan cuidado.
Batman sostuvo la mirada por un instante. Alfred intentaba disimular, pero la enfermedad avanzaba. No podían permitirse distracciones, pero la preocupación quedaba marcada en su interior.
Robin, siempre con un toque de confianza despreocupada, hizo un gesto con la mano.
—Volveremos antes de que lo notes.
Los vehículos aceleraron, y en un instante, desaparecieron por el túnel oscuro que los llevaba directo a Gotham.
El Comisionado Gordon los esperaba con el ceño fruncido. Sus años en la fuerza le habían enseñado a no perder la calma, pero su expresión dejaba ver la urgencia.
—Mr. Freeze ha tomado el Museo de Historia Natural —informó sin rodeos—. Tiene rehenes. Nadie entra ni sale.
El frío de la noche se mezclaba con el peso de la noticia. Batman y Robin no necesitaban más explicaciones; sabían lo que debían hacer.
La cacería había comenzado.
Capítulo 1: La Cacería Helada
El Museo de Historia Natural de Gotham era más que un simple edificio repleto de exposiciones antiguas. Su arquitectura neoclásica, con columnas de mármol y vitrales góticos, hablaba de la grandeza de una ciudad que, a pesar de su decadencia, aún guardaba vestigios de una época dorada. Su colección era vasta: fósiles de criaturas extintas, artefactos milenarios y, lo más codiciado por criminales y coleccionistas, gemas invaluables.
Fue por una de esas gemas que Mr. Freeze había convertido el museo en su fortaleza helada.
Entre los pasillos ahora cubiertos de escarcha, Victor Fries caminaba con calma, su traje criogénico emitiendo un vapor blanco con cada paso. Sus ojos, brillando bajo el casco, estaban fijos en su objetivo: el Diamante Estrella del Ártico, la piedra más grande y pura de la colección. Un fragmento de hielo eterno, perfecto para terminar la calibración de su traje y lograr su único propósito: salvar a Nora.
Nada más le importaba.
Los guardias del museo yacían a los lados, paralizados por el frío extremo pero aún conscientes del peligro que los rodeaba. Y mientras sus secuaces—desquiciados pandilleros con chaquetas blancas y botas reforzadas—bloqueaban las salidas, Freeze avanzaba sin distracción.
Pero entonces, el techo estalló en mil fragmentos.
Desde la altura, dos sombras descendieron entre los destellos de luna y cristales rotos. Batman y Robin aterrizaron con precisión, preparados para la pelea antes de que las cosas empeoraran.
Freeze apenas les dirigió una mirada.
—Siempre interfiriendo… —murmuró, ajustando su arma criogénica mientras sus secuaces avanzaban.
Caos entre el hielo
Los pandilleros atacaron en grupo. Robin esquivó el primer golpe con velocidad y contraatacó con una patada que envió a uno de los agresores contra una columna congelada. Batman, con movimientos calculados, bloqueó el ataque de otro y lo desarmó con brutal eficiencia. Los golpes resonaban en el aire helado, cuerpos cayendo, gritos apagados por el crujido del hielo bajo sus pies.
Pero Freeze no esperaba observar el resultado.
Con un movimiento rápido, activó el protocolo de escape: la enorme nave criogénica que había ocultado sobre el museo cobró vida, sus motores emitiendo un sonido gutural mientras el hielo comenzaba a quebrarse.
—Han llegado tarde, detectives —sentenció Freeze, tomando el diamante antes de subir a la nave.
Batman vio el peligro de inmediato.
—¡Robin, vamos!
Sin perder tiempo, ambos héroes se impulsaron y lograron sujetarse de los bordes de la nave justo cuando esta comenzó a elevarse. Abajo, Gotham se desplegaba como una pintura oscura, los edificios iluminados como estrellas en medio del abismo urbano.
Pero lo peor estaba por venir.
Escape entre las alturas
En el interior de la nave, una bomba descansaba sobre la consola principal, su contador descendiendo con precisión implacable. Freeze no tenía intención de dejar rastros.
—No pueden detener lo inevitable —dijo, observando a Batman antes de abrir un compartimiento en su traje.
Alas metálicas se desplegaron con un sonido mecánico afilado.
Sin dudarlo, Freeze saltó al vacío, su figura desapareciendo entre los rascacielos mientras la nave seguía ascendiendo.
Batman y Robin apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
—¡Nos vamos! —ordenó Batman, arrancando parte de la estructura de la nave y arrojándosela a Robin.
Sin otra opción, ambos saltaron en el aire, usando los paneles desprendidos de la nave como improvisadas tablas aerodinámicas. Se deslizaban entre las corrientes de viento como surfistas de la noche, esquivando antenas y grúas mientras el caos se desplegaba detrás de ellos.
La nave explotó a la distancia, iluminando la madrugada con un destello azul y blanco.
Batman y Robin descendieron rápidamente. Bajo ellos, la silueta de una vieja fábrica abandonada surgió entre las sombras.
Con una última maniobra, se impulsaron y cayeron pesadamente en la chimenea, rodando hasta detenerse en la oscuridad del lugar.
El polvo se disipó, el eco de la explosión aún resonando en la noche. Robin respiró hondo antes de hablar. —Creo que esto cuenta como un aterrizaje exitoso… Batman solo exhaló,ajustando su capa mientras observaba la ciudad más allá. Freeze había escapado. Pero esta cacería no había terminado.
Capítulo 2: Nacimiento entre el Veneno
El corazón del Amazonas latía con una fuerza indómita. Desde lo alto, la jungla parecía un océano verde interminable, pulsante, vivo. Pero enterrado en su profundidad, como un parásito ajeno a su naturaleza, el laboratorio financiado por Industrias Wayne se erguía en una maraña de acero y concreto. Era un santuario para la ciencia, pero también un monumento a la arrogancia humana.
Dentro del taller principal, frascos de vidrio reflejaban los destellos de luces artificiales. Extractos de plantas raras burbujeaban en tubos de ensayo, y raíces de especies exóticas trepaban por los estantes, como si la selva intentara recuperar el espacio que le habían arrebatado.
Pamela Isley trabajaba frenéticamente entre aquel caos controlado. Sus dedos temblaban con la mezcla de químicos. En su rostro, la obsesión se entrelazaba con la convicción. El suero estaba listo.
Se acercó a su grabadora y presionó el botón de REC.
—Las plantas no pueden gritar. No pueden correr. No pueden pelear. —Su voz era un susurro febril—. Hemos quemado sus bosques, envenenado sus ríos, arrancado sus raíces sin piedad. Pero hoy… eso cambia. Hoy, el mundo natural obtendrá su defensa.
Su mirada recorrió los brebajes. Su creación. Su arma justa.
Pero entonces, la traición cayó sobre ella como un trueno.
La traición
Desde las sombras, Dr. Jason Woodrue la observaba con una sonrisa depredadora.
—Una idea brillante, doctora Isley —dijo, caminando lentamente—. Aunque mal encaminada.
Pamela giró bruscamente.
—¿Qué estás diciendo?
Woodrue tomó uno de los frascos, estudiando su contenido como si admirara una obra de arte.
—Este suero es perfecto —murmuró—. Pero no para salvar árboles. Para dominar gobiernos.
Pamela sintió el frío de la verdad deslizarse por su espalda.
—¿Gobiernos? Esto no es un arma—
—Claro que lo es. Y tú no entiendes su verdadero potencial.
El movimiento fue brusco. Sin previo aviso, Woodrue la empujó contra los anaqueles.
Frascos estallaron alrededor de su cuerpo, bañándola en una mezcla letal de toxinas y extractos genéticos. Un grito de agonía se ahogó en la neblina química mientras la piel de Pamela absorbía el veneno.
Y entonces, ocurrió.
La primera sensación fue abrasadora. Cada célula de su piel ardió en una fiebre inhumana, como si la selva entera reclamara su cuerpo. Su respiración se volvió errática. Podía sentir la toxina reptando por sus venas, fusionándose con su sangre, convirtiéndola en algo… más.
El dolor se transformó en claridad. Su mente despertó en una simbiosis nueva, los impulsos humanos reemplazados por algo primitivo. No miedo. No desesperación. Solo propósito.
Los recuerdos de Woodrue, sus mentiras, su arrogancia, se desvanecieron. Solo quedó la certeza de que debía pagar.
Pamela se levantó.
Resurrección y venganza
Las luces parpadearon.
Pamela se levantó.
Su piel, antes pálida, tenía ahora un tinte verdoso, como si la selva misma la reclamara. Su cabello adquirió un brillo profundo, y sus ojos… ahora eran más fieros que nunca.
Woodrue retrocedió.
—Dios… ¿qué hiciste?
Pamela sonrió.
—La naturaleza cobra sus deudas.
Su mano se cerró sobre su cuello con una fuerza descomunal. Podía sentir la pulpa de su piel, el frágil latido de su cuerpo humano.
Y entonces, escuchó algo nuevo.
El pulso de la vida vegetal.
Los helechos vibraban con ella. Las raíces a sus pies se tensaron, esperando órdenes. Algo en su interior le susurró: hazlo.
Woodrue intentó resistirse, pero el veneno ya estaba dentro de él. Su piel comenzó a ennegrecerse. Sus gritos murieron antes de poder escapar de su garganta.
El laboratorio tembló. Pamela lo observó sin remordimiento.
Fuego en la jungla
El hangar del laboratorio contenía una aeronave metálica con el logo de Wayne Enterprises estampado en su costado. Pamela encendió los motores, pero no partió de inmediato.
Antes, tomó un contenedor de líquidos inflamables y esparció el contenido por los pasillos del laboratorio. Este lugar debía arder.
Encendió una cerilla.
—Que la naturaleza lo reclame…
La dejó caer.
Las llamas devoraron el lugar, ascendiendo con ferocidad. Pamela abordó la nave y despegó, observando desde el cielo cómo el laboratorio se retorcía en el fuego, un monumento a la arrogancia humana consumido por la justicia verde.
Pero no permitiría que el Amazonas sufriera por su ira.
Desde la radio de la nave, hizo una única llamada.
—Bomberos de Brasil, reciban este mensaje urgente. Un incendio de laboratorio amenaza la selva en coordenadas exactas… actúen de inmediato.
No esperó confirmación. Sabía que acudirían. Pamela ajustó el rumbo. Gotham la esperaba. Bruce Wayne pronto conocería su castigo.
Capítulo 3: Sombras en la Cueva
La Baticueva se sumía en la penumbra, la luz azul de los monitores parpadeando en el aire frío de la caverna. El eco de los vehículos disipándose en los túneles marcaba el fin de otra misión. Pero Bruce Wayne no estaba satisfecho.
Dick Grayson permanecía de pie cerca de la plataforma de entrenamiento, su expresión endurecida mientras su mentor cruzaba los brazos, observándolo con severidad.
—¿Qué demonios estabas pensando? —la voz de Bruce era grave, contenida—. Si no te hubiera atrapado en el aire, podrías haberte dislocado la pierna… o peor.
Dick exhaló, la tensión visible en cada músculo de su cuerpo.
—Tomé el riesgo. Me salió bien.
Bruce endureció su mirada.
—No se trata de que “salga bien”. Se trata de control. La impulsividad puede costarte la vida.
—¿Control? ¿Eso es lo que esto significa para ti? —Dick apretó los puños—. Tal vez para ti todo se reduzca a estrategia y precisión, pero yo no quiero vivir bajo tu sombra el resto de mi vida.
Wayne no respondió de inmediato. Sabía que este conflicto solo crecía entre ellos.
Finalmente, con un tono frío, sentenció:
—Dos semanas de entrenamiento.
Dick resopló, alejándose hacia la zona de entrenamiento sin decir otra palabra. Bruce lo observó desaparecer, un suspiro escapando de sus labios.
Pero por ahora, había algo más urgente en su mente.
La Habitación de Alfred
Bruce caminó por los pasillos ocultos de la mansión hasta llegar a la habitación de Alfred. La luz del atardecer se filtraba por la ventana, proyectando sombras alargadas sobre las paredes decoradas con estanterías de madera antigua y una lámpara de escritorio apagada.
En la pared, colgaba un viejo retrato en blanco y negro.
En él, Alfred Pennyworth aparecía más joven, con una sonrisa serena mientras posaba en un safari africano, el sol dorado del continente reflejándose detrás de él. A su lado, una mujer de mirada radiante y cabello oscuro: Peg, el amor de su vida, con quien nunca pudo casarse.
Bruce detuvo su mirada en aquella imagen. Alfred también había conocido la pérdida.
Pero no era la única historia estampada en esas paredes. Junto a los estantes, una serie de dibujos representaban peleas icónicas de Batman, esbozadas con precisión y firmadas discretamente con un nombre que pocos conocían: Bill. Cada imagen capturaba la violencia y la coreografía de los combates, casi como si fueran recuerdos atrapados en papel.
Sobre la mesa de noche, libros de historia y una pequeña caja de madera descansaban junto a una taza de té a medio beber.
Alfred yacía en la cama, su piel pálida por la enfermedad que lo debilitaba.
—Señor Wayne… —su voz era débil, pero con el tono de siempre—. No debería preocuparse tanto por un viejo mayordomo.
Bruce se sentó junto a él.
—No me pidas que haga eso.
Alfred dejó escapar una pequeña sonrisa.
—A veces olvido lo obstinado que eras cuando niño…
Las palabras arrastraron a Bruce al pasado. Un flashback surgió en su mente: la noche de la tragedia.
Un niño de ocho años, envuelto en lágrimas, de pie en el gran salón de la mansión Wayne, sin nadie más que Alfred a su lado.
—Estoy aquí, maestro Bruce —susurró Alfred, apoyando una mano firme en su hombro—. No estás solo.
Aquella memoria lo atravesó como un puñal.
Bruce carraspeó antes de hablar.
—Barbara Gordon vendrá a vivir aquí por un tiempo.
Alfred alzó una ceja con una sonrisa tenue.
—La hija del Comisionado Gordon.
Bruce asintió.
—Estudiará en la Universidad Central de Gotham. Le ofrecí una habitación como parte de una beca.
Alfred exhaló con calma.
—No se preocupe por mí, Maestro Bruce. Después de todo, ¿qué es Batman sino una fuerza que intenta controlar la naturaleza y la vida misma?
Bruce se quedó en silencio por un instante, su mirada perdida en el horizonte.
—Es una joven brillante. Le vendrá bien estar en un lugar seguro —murmuró finalmente.
Alfred inclinó levemente la cabeza, con esa expresión sabia que siempre llevaba, como si entendiera más de lo que decía.
Bruce asintió, observando el crepúsculo filtrarse por la ventana.
Pero lejos de la mansión, en el borde de la ciudad, algo muy distinto ocurría.
El Cubil Helado
En las afueras de Gotham, en una fábrica de helados abandonada, Victor Fries ajustaba el último componente de su traje criogénico. Pronto estaría listo.
Pero su atención no estaba en la armadura.
En una cámara secreta del cubil, rodeada de cápsulas de contención y una fina capa de escarcha, yacía Nora Fries, suspendida en animación criogénica.
Su cuerpo flotaba dentro del cristal congelado, envuelto en un frío perpetuo.
Su piel era pálida, una belleza etérea que parecía sacada de una pintura gótica. Frágil. Intocable.
Pero lo que más hipnotizaba a Victor eran sus cabellos dorados, extendidos como hilos de sol atrapados en el hielo. Su ángel atrapado en el invierno eterno.
Su mano tembló al posar la palma contra el vidrio helado. El recuerdo lo arrastró al pasado. Industrias Wayne. El experimento de congelación avanzada. La explosión.
El laboratorio convertido en un infierno de metal y hielo.
Él, cayendo en el recipiente de líquido criogénico, transformado para siempre.
Y Nora…
La enfermedad apareció poco después. Síndrome MacGregor IV, un padecimiento raro, degenerativo, que la sumió en coma.
Victor cerró los ojos, sintiendo la rabia hervir bajo su piel.
No la perdería.
Si para salvarla debía congelar todo Gotham, entonces no tenía dudas.
Nora era su todo.
Y haría cualquier cosa para traerla de vuelta.
Capítulo 4: Ecos en la Oscuridad
La noche es un resplandor de luces doradas y murmullos expectantes en la inauguración del nuevo observatorio astronómico de Gotham. Bruce Wayne, siempre la figura central, se desplaza entre la multitud con la confianza medida de un hombre acostumbrado a la atención. A su lado, Julie Madison deslumbra con una elegancia serena, la nueva pieza de un rompecabezas que la prensa aún intenta descifrar.
Pero la celebración se ve interrumpida cuando una oleada de voces se alza en protesta. Pamela Isley y sus ecoactivistas emergen como una sombra que desafía el brillo de la noche. Con pancartas y discursos vehementes, condenan a Wayne Industries por el daño infligido al medio ambiente de Gotham.
—Si su empresa redujera la fabricación de calentadores, podríamos preservar la vida vegetal que ustedes han condenado —exclama Pamela, su mirada fija en Bruce, el hombre al que culpa.
Él, con la calma afilada de quien ha lidiado con críticas toda su vida, responde con una certeza inquebrantable.
—La vida humana siempre debe estar por delante.
La multitud observa, las cámaras capturan cada expresión. Pamela endurece su mirada, sintiendo la humillación pública calar en su orgullo. Antes de poder reaccionar, la policía interviene con autoridad. Uno a uno, los activistas son escoltados fuera, sus consignas apagándose en la distancia. Pamela, antes de ser llevada, clava una última mirada en Bruce, una advertencia silente, un presagio oscuro.
Cuando la calma regresa, Bruce intenta suavizar la tensión con un comentario ligero.
—Solo espero que nadie apunte este telescopio hacia mi habitación.
La sala estalla en una risa breve pero liberadora. La velada continúa, y la socialité de Gotham, con la destreza de quien nunca pierde oportunidad, se aproxima a Bruce con su invitación.
—La ciudad entera estará en la subasta del diamante egipcio. Dime, Bruce, ¿cuándo planeas casarte de una vez por todas?
Bruce sonríe con diplomacia y deja que Julie sea quien responda.
—Por ahora, solo somos una pareja feliz intentando ayudar a la comunidad más desprotegida de Gotham.
Los murmullos se dispersan, las cámaras capturan la respuesta. Sin saberlo, Bruce acaba de escapar de una pregunta que podría haberlo seguido por semanas.
Pero lejos del brillo de la noche, en algún lugar entre sombras y veneno, la semilla de una venganza comienza a germinar.
Capítulo 5: Frío y Acero
La subasta en el ayuntamiento de Gotham era un espectáculo de poder envuelto en terciopelo y diamantes. Vestidos de gala, trajes impecables y sonrisas estratégicas llenaban el salón mientras los millonarios de la ciudad se disputaban piezas de colección con cifras obscenas.
Pamela Isley entra.
El murmullo se disipa cuando sus tacones resuenan sobre el suelo de mármol. Su vestido negro se ciñe a su figura con una elegancia hipnótica, su piel resplandeciente bajo el rojo profundo de su lipstick. Su cabello negro en perfectas ondas al estilo Mae West refuerza su aire de misterio y peligro.
Los ojos en la sala la siguen, atrapados en su magnetismo.
Oswald Cobblepot II, hijo del legendario Pingüino, observó desde la primera fila con ojos codiciosos. Han pasado cinco años desde la trágica muerte de su padre en el derrumbe de la fosa subterránea del Zoológioco de Gotham, pero Oswald había aprendido bien la lección de supervivencia en la ciudad. Como dueño del club nocturno más exclusivo de Gótica, estaba acostumbrado a conseguir lo que deseaba. Y esta vez, su interés se fijaba en la seductora mujer.
Pamela avanza con calma. Al pasar junto a Bruce Wayne, desliza su mano con delicadeza, liberando una imperceptible nube de feromonas vegetales.
Bruce gira la cabeza.
Por un instante, su conversación con Julie Madison queda en el olvido. Pamela es un imán irresistible, y Bruce, sin comprender por qué, pierde el interés en su novia.
Julie frunce el ceño, notando el desvío de su atención. Pamela sonríe con satisfacción.
Cuando se acerca al comisionado Gordon, repite el movimiento. Una brisa ligera, invisible para todos salvo por su efecto, lleva sus feromonas hasta él.
Gordon se distrae.
Pamela aprovecha el instante, deslizando su mano dentro del bolsillo de su chaqueta con una precisión milimétrica.
El teléfono móvil de Gordon ahora le pertenece.
Un vistazo rápido le basta para ver lo que contiene: información detallada sobre el plan de captura de Freeze. Los planos de Arkham. La clave para anticipar cada movimiento de la ley.
Pamela sigue adelante.
La revelación helada
Los organizadores presentan la "Joya del Nilo", un diamante egipcio de un fulgor hipnótico, atrapado en una vitrina de cristal reforzado. La multitud contiene la respiración.
Y en ese instante, el caos irrumpe.
Un estruendo descomunal sacude el edificio. La pared lateral estalla en una tormenta de escombros y polvo. A través de la abertura creada por la devastación, un coloso metálico avanza, su silueta monstruosa salpicada de púas de hielo. Es un vehículo blindado, una bestia mecánica con un propósito único.
El hombre en su interior, una figura helada con una mirada de absoluta determinación, avanza entre la confusión.
Mr. Freeze ha llegado
Freeze levanta su arma criogénica y congela a los guardias que intentan responder. Sus secuaces polares se despliegan por la sala, tomando rehenes entre los asistentes.
El último movimiento es el más extraño de todos: un enorme oso polar amaestrado irrumpe junto a Freeze, su presencia imponente reafirmando el dominio del villano sobre la escena.
Freeze avanza hasta la vitrina, su guantelete de frío cerrándose en un puño. Sin esfuerzo, destroza el cristal y toma el diamante con una sonrisa helada.
Bruce Wayne, consciente de que este no es el momento para jugar el papel de socialité, desaparece entre la multitud, dejando a Julie atónita en su lugar.
Desde las calles de Gotham, la respuesta no tarda en llegar.
El Batimóvil emerge de las sombras.
A su lado, el Redbird, la motocicleta de Robin, se une a la persecución del monstruo de acero que transporta a Freeze y sus secuaces.
La persecución entre las arterias de la ciudad es una danza de velocidad y estrategia que culmina en uno de los monumentos más antiguos de Gotham.
—Detente, Robin. No puedes hacer ese salto. —la voz de Batman resuena por la radio.
Robin acelera, desafiando la orden de Batman.
—¡Voy a alcanzarlo! —grita.
Pero Batman ya ha anticipado su imprudencia. Con una acción rápida, desconecta el motor de la motocicleta de manera remota.
El Redbird pierde potencia repentinamente. Robin, frustrado, lucha por mantener el equilibrio antes de quedar inmóvil en la estructura metálica de Gotham.
—¡Maldición, Batman! —gruñe.
Sin perder tiempo, Batman dispara el eyector del Batimóvil, lanzándose por los aires con precisión letal.
Su figura oscura atraviesa la distancia, impactando directamente contra el vehículo blindado de Freeze.
El impacto es brutal. Freeze pierde el control por un instante, su monstruoso vehículo derrapando en el asfalto. Batman, con golpes precisos, neutraliza a los secuaces polares uno por uno.
El enorme oso polar ruge, intentando proteger a su amo, pero ante un preciso disparo de una cápsula de humo, la bestia se retira, confundida.
Freeze, debilitado por el ataque, intenta levantar su arma criogénica. Batman no le da oportunidad.
Con un golpe directo, lo deja inconsciente en medio de la calle.
La policía llega tarde, encontrando el caos ya resuelto. Batman coloca el diamante egipcio en las manos de uno de los oficiales antes de desaparecer entre las sombras.
Desde lo alto de un edificio cercano, Pamela Isley observa.
Sus ojos verdes destellan con siniestra intensidad mientras ve cómo los agentes trasladan a Freeze hacia la prisión Arkham.
Ella sonríe con algo que ya no es del todo humano.
Las semillas de su venganza han comenzado a florecer.
Capítulo 6: Alianza de Hielo y Veneno
La madrugada en Gotham es un velo de sombras y luces difusas. En la Mansión Wayne, el eco de pasos firmes resuena en los pasillos cuando Bruce irrumpe en el salón principal, su expresión endurecida por la frustración.
—No puedes seguir desobedeciendo mis órdenes, Dick. Esta noche pusiste en peligro nuestras vidas y nuestra misión.
Dick Grayson, aún con la adrenalina en sus venas, aprieta los puños.
—Tal vez si confiaras en mí, no tendríamos que discutir esto cada vez.
El silencio entre ellos es denso. Dos voluntades enfrentadas en una batalla que ninguno está dispuesto a perder.
—Si no puedes seguir las reglas, entonces no puedes estar aquí. —Bruce sentencia con frialdad.
Dick, herido en su orgullo, se marcha sin mirar atrás.
Flashback: El desfile anual de Gotham
El cielo nocturno de Gotham estaba iluminado por un espectáculo de luces y globos gigantes que flotaban sobre las calles abarrotadas. El desfile anual era una tradición que reunía a la ciudad, pero también era un imán para el caos.
Desde lo alto de los techos de los edificios, Robin seguía la figura ágil y felina de Gatúbela. Ella había robado una joya valiosa, y Batman le había ordenado a Dick que la persiguiera mientras él manejaba otra amenaza en las calles.
—¡Detente, Gatúbela! —gritó Robin, saltando de un edificio a otro con precisión acrobática.
Ella se detuvo en el borde de un tejado, girando lentamente para enfrentarlo. Su traje negro brillaba bajo las luces del desfile, y sus ojos verdes destellaban con un desafío juguetón.
—¿Por qué tanta prisa, chico maravilla? —ronroneó, acercándose con movimientos calculados.
Robin, atrapado por su belleza, se detuvo un instante. Su respiración se volvió errática mientras ella se inclinaba hacia él, sus labios a centímetros de los suyos.
Por un momento, el mundo pareció detenerse.
Pero entonces, con una sonrisa traviesa, Gatúbela lo empujó con fuerza.
—Demasiado fácil.
Robin perdió el equilibrio y cayó hacia el desfile. Su caída fue amortiguada por un globo festivo gigante con el logo de la compañía Shreck, que rebotó bajo su peso antes de desinflarse lentamente.
Desde lo alto, Gatúbela lanzó una carcajada antes de desaparecer en la noche.
Robin, frustrado y humillado, se levantó entre los restos del globo, jurando que no volvería a caer en sus juegos.
De vuelta a la Mansión Wayne
El eco del flashback aún resonaba en la mente de Dick mientras salía de la mansión. La tensión con Bruce era palpable, y los recuerdos de sus errores solo alimentaban su frustración.
El momento de tensión se interrumpe por el timbre de la puerta principal. Alfred, siempre impecable en su deber, se acerca y abre. Frente a él, una joven de aspecto angelical, con ojos azules luminosos y cabello dorado que cae en suaves ondas.
Barbara Gordon.
—Buenas noches, Alfred. —saluda con dulzura.
Por órdenes de Bruce, Alfred la conduce a su habitación. Mientras caminan por los pasillos interminables de la mansión, Barbara se maravilla con la arquitectura imponente y la colección de armaduras que decoran las paredes. Un lugar lleno de historia, de secretos.
Arkham Asylum: La conspiración
Lejos de la calma de la mansión, Arkham Asylum se convierte en el escenario de una conspiración siniestra.
En una celda iluminada por un cruel domo de luz solar, Victor Fries permanece encadenado, su cuerpo debilitado por el calor. Su armadura criogénica ha sido retirada y colocada en una caja sellada, cerca de otros recuerdos de locura: el traje verde del Acertijo, la chaqueta púrpura y los dientes falsos del Joker.
Entonces, desde lo alto del domo, una silueta elegante emerge.
Con un movimiento preciso, una hoja delgada corta el vidrio, abriendo paso a una mujer de figura sinuosa, envuelta en un traje de látex verde que abraza su cuerpo como una segunda piel. Su cabello rojo arde como el fuego, su presencia es hipnótica.
Pamela Isley.
—Hola, Frío. He venido a rescatarte.
Su voz es melosa, cargada de veneno disfrazado de dulzura. Antes de que Fries pueda reaccionar, ella le rocía con feromonas, nublando su mente, volviéndolo más susceptible a su voluntad.
—Podemos trabajar juntos para destruir a Batman… y a Wayne.
Pamela se acerca aún más, su perfume embriagador dominando el ambiente.
—Wayne Industries arruinó nuestras vidas. Su contaminación ha devastado la naturaleza, y él es el culpable del estado de tu esposa.
Fries, tambaleante por la sugestión, escucha sus palabras como verdades absolutas.
—¿Wayne…?
—Sí. —Pamela susurra con una sonrisa peligrosa. —Usaremos el telescopio de la ciudad contra ellos. Tú con tu hielo, yo con mi veneno… juntos podemos purgar Gotham de su corrupción.
El corazón helado de Victor acepta el trato.
Entonces, Pamela grita, fingiendo ser víctima de un ataque. Cuando los guardias de Arkham irrumpen en la celda, Fries los golpea sin piedad, dejándolos inertes en el suelo.
Recuperando su armadura criogénica, Freeze abre un agujero en la pared, congelando las tuberías para facilitar su fuga.
Los dos villanos se lanzan al vacío. Freeze, con su rayo de hielo, crea un deslizador improvisado, descendiendo con Pamela hacia el suelo.
Antes de que los guardias de Arkham puedan reaccionar, roban un elegante Mercedes Benz, propiedad del capellán de la prisión. Con una última mirada desafiante, desaparecen en la noche, dejando a los guardias atónitos ante el colosal escape. Gotham aún no sabe lo que está por venir.
Capítulo 7: Noches de Asfalto y Sombras
La medianoche cae sobre Gotham como un manto de secretos y deseos reprimidos. En el interior de la Mansión Wayne, la silueta de Barbara Gordon se mueve con sigilo. Con una chamarra de cuero, jeans ajustados y un casco bajo el brazo, la hija del comisionado avanza sin que nadie la note.
Pero esta no es la primera vez que camina bajo el manto de la noche.
Desde pequeña, Barbara había acompañado a su padre adoptivo, el comisionado Gordon, en sus largas noches de investigación. No oficialmente, claro—ella nunca apareció en los reportes policiales. Pero en la sombra de su hogar, Gordon compartía con ella detalles de los casos, los patrones de los criminales, los rastros que Batman seguía para resolver lo imposible.
Aquellas historias la marcaron.
Así que, cuando la oportunidad de hacer su propia investigación llegó, Barbara no dudó en salir de casa, siguiendo los pasos de su padre, sintiendo en cada misión un eco de las leyendas del murciélago.
Esta noche, sin embargo, todo será diferente.
El rugido del motor
Apenas un suspiro de duda la recorre antes de encender una de las motos Ducati de la colección de Bruce. El rugido del motor rompe el silencio de la noche cuando, sin mirar atrás, acelera hacia las afueras de la ciudad, donde la ley y el orden quedan a merced de aquellos que desafían las reglas.
Lo que no sabe es que alguien más la sigue.
Dick Grayson, montado en su veloz BMW deportiva, observa desde la distancia. Su instinto le dice que Barbara no está allí solo por diversión.
Sigilosamente, la sigue hasta los límites de Gotham.
Allí, entre neón y peligro, el mundo de las carreras clandestinas cobra vida. Motocicletas rugen como bestias salvajes. Pandilleros intercambian dinero y apuestas. Y entre ellos, una figura femenina de mirada determinada.
Barbara.
Dick observa. Sus sospechas se confirman cuando escucha rumores entre los corredores.
Alguien está reclutando pandilleros como guardaespaldas para una misión especial. Y algo más inquietante aún: una nueva droga ha comenzado a circular entre los jóvenes.
Un compuesto basado en feromonas de plantas, diseñado para volverlos más audaces, más agresivos, más letales.
Barbara, como parte de su investigación secreta, decide infiltrarse. Su estrategia: competir contra uno de los motociclistas líderes del grupo.
Pero todo es una trampa.
En el túnel más oscuro de la carretera, una bomba casera es arrojada en su camino.
La explosión retumba en el aire. El equilibrio se rompe. La moto de Barbara pierde el control.
Ella cae hacia el vacío, el abismo reclamándola sin piedad.
Pero entonces, un brazo firme la atrapa.
—Te tengo.
Dick Grayson.
Los ojos de ambos se encuentran. La adrenalina y el peligro se mezclan con algo más profundo.
Por un instante, la pasión juvenil brilla en sus miradas.
Pero la noche aún guarda más tragedia.
Sombras en la Mansión Wayne
En la Mansión Wayne, el silencio se hace más pesado.
En su habitación, Alfred Pennyworth lucha contra una verdad imposible de ignorar.
El diagnóstico del médico ha sido certero. Síndrome MacGregor, etapa IV. No hay cura. No hay esperanza.
Con una lágrima silenciosa, Alfred contempla un retrato de Martha y Thomas Wayne, sosteniendo a un Bruce aún bebé en brazos.
La imagen de una familia que ya no existe.
Una lágrima fría resbala por su mejilla.
En Gotham, la guerra comienza a tomar forma. En las sombras, un nuevo enfrentamiento se gestará.
Y esta vez, nadie saldrá ileso.
Capítulo 10: Frío en el corazón de la noche
El rugido del Batimóvil resonaba por las afueras de Gotham, como un trueno negro cruzando la niebla. Las luces de la ciudad quedaban atrás, cada vez más tenues, como si incluso Gotham temiera mirar hacia el lugar al que se dirigían. Frente a ellos, solitaria y decadente, se alzaba la vieja heladería Snowy Cones, ahora convertida en un tétrico monumento al hielo y la locura.
—Llegamos —dijo Batman con voz grave, sus ojos clavados en el edificio cubierto por una escarcha artificial que parecía nunca derretirse.
Robin asintió con entusiasmo, aunque el ambiente le erizaba la piel. El aire era denso, cargado con un olor metálico y rancio, mezcla de óxido y productos químicos congelados.
A unos metros de la heladería, apenas visible entre la bruma, se alzaban las chimeneas de la planta química Axis, el lugar donde años atrás se había enfrentado al Joker por primera vez. Batman lo recordó con un estremecimiento, no por miedo, sino por lo que ese sitio simbolizaba: el punto sin retorno.
Entraron. Crujidos metálicos los recibieron como los lamentos de un cadáver industrial. El interior estaba cubierto por una capa de hielo sucio y polvo. Maquinarias oxidadas, cajas de cartón aplastadas, y el eco de lo que alguna vez fue una fábrica de alegría ahora convertida en un museo del terror.
Mientras caminaban entre los restos, Batman se detuvo por un momento. Algo en su pecho pesaba más de lo normal. No era el traje, ni la misión. Era el temor que no se atrevía a nombrar.
"Cada vez que salgo, me cuesta más. No por los golpes. No por los villanos. Sino por lo que podría perder. Alfred. Dick. Mi familia."
—¿Todo bien, Batman? —preguntó Robin, deteniéndose a su lado.
—Sí. Solo... mantente alerta.
Llegaron al fondo del lugar: la planta de producción de helados, ahora reconvertida en un laboratorio improvisado. En una mesa, planos esparcidos. Batman activó su visor scanner, proyectando una luz azul sobre los documentos.
—Esto no es solo un escondite... —murmuró—. Está construyendo algo.
Los planos mostraban una estructura en forma de cilindro con varios compartimientos de nitrógeno líquido. Al lado, un esquema impreso del Telescopio Thomas IV, el orgullo del Observatorio de Gotham. Las notas a mano de Victor Fries hablaban de ángulos de refracción, energía solar y una "amplificación criogénica".
—¿Va a convertir el telescopio en un arma...? ¿Pero cómo? —susurró Robin, mientras insertaba una cinta VHS hallada en una caja polvorienta.
La pantalla parpadeó y apareció una animación rudimentaria: un muñeco de nieve llamado Juanito Escarcha bailando alegremente antes de que la imagen cortara bruscamente a un laboratorio siniestro. Un vagabundo sentado en una camilla, cables en la cabeza, mirada vacía.
—Por unos cuantos dólares... —susurraba la voz de Freeze desde el video—... pueden ser útiles, fríos y obedientes.
Robin retrocedió, horrorizado.
—Sus secuaces son nada más que un ejército de zombis sin alma...
De repente, un crujido metálico hizo que ambos se giraran. Las escaleras de hierro oxidado que llevaban a la azotea temblaban con pasos sigilosos.
—¡Yo me encargo! —dijo Robin, corriendo hacia ellas sin esperar respuesta.
Al llegar arriba, Robin se detuvo, sorprendido. Ante él, entre sombras y luces parpadeantes, estaba una figura hipnótica: Pamela Isley, mejor conocida como Poison Ivy. Llevaba una chaqueta de piel sintética verde, jeans ajustados que abrazaban sus curvas como lianas y tacones que resonaban con cada paso. Su perfume era embriagador, como un jardín prohibido.
—Petirrojo... —dijo con una sonrisa venenosa—. Hoy me vas a decir quién es realmente el murciélago.
Se acercó, lenta, como una flor venenosa abriéndose. Robin no podía moverse. Sus ojos, su voz, su aroma... todo lo envolvía.
—Yo... —murmuró él, sus labios a punto de tocar los de ella.
—¡Robin! —gritó Batman desde las escaleras—. ¡No le hagas caso, solo quiere manipularte, como en la gala!
Robin parpadeó, como saliendo de un sueño. Pero Ivy reaccionó más rápido. De una patada certera, lo lanzó hacia abajo. El joven cayó estrepitosamente dentro de una caldera llena de restos de helado derretido, pistacho viscoso y frío como el engaño.
Batman corrió escaleras arriba. Ivy lo esperaba, lanzándole una bolea de hiedra que se enredó en sus piernas, haciéndolo caer. Desde el techo de la heladería, el Caballero Oscuro vio entonces algo que no esperaba.
Una mujer encapuchada, de traje negro, estaba peleando con Poison Ivy. Sus movimientos eran felinos, pero no era Catwoman. Ella sigue encerrada en Arkham, pensó Batman, atónito.
Las dos luchaban con furia. Ivy, aprovechando un momento de distracción, la empujó al borde. La mujer cayó, pero logró aferrarse a un cable colgante, descendiendo con destreza hasta una motocicleta negra que la esperaba abajo. Sin mediar palabra, escapó en la noche.
Ivy, jadeando, recogió uno de los planos de la bomba de la mesa y lo guardó en su chaqueta antes de lanzarse por una claraboya, escapando.
Desde la caldera, Robin emergió cubierto de crema verde y pegajosa.
—¡Santo helado de fresa, Batman! ¡Tenemos que meter a Freeze en la heladera!
Batman soltó una leve sonrisa. Algo en esa frase... le sonaba vagamente familiar. Tal vez de alguna vieja serie de televisión que solía ver de niño.
—Vamos, Robin. No hay tiempo que perder.
Las luces del Observatorio de Gotham City ya comenzaban a encenderse en la distancia. El destino de la ciudad, y quizá del mundo, estaba a punto de congelarse... o de arder. Y solo el Dúo Dinámico podía impedirlo.
Capítulo 9: La Tormenta Helada
El observatorio de Gotham, símbolo del avance científico de la ciudad, ahora es el escenario de un horror inminente. Mr. Freeze y Poison Ivy han tomado el control, manteniendo como rehenes a los científicos encargados del telescopio Thomas IV.
En el centro de la sala, La Joya del Nilo, el diamante más poderoso de Freeze, es colocado dentro del sistema óptico del telescopio. Su propósito es claro: magnificar el poder de su rayo congelante y sumergir Gotham en una prisión de hielo eterno.
Pero mientras Freeze afila su plan con precisión calculada, Poison Ivy trama en secreto su traición. Cuando la ciudad esté congelada, ella matará a Freeze y culpará su locura por la destrucción. Gotham solo será descongelada cuando Wayne Industries sea eliminada por completo.
Freeze, ajeno a la traición, pronuncia en tono sombrío:
—El Pronóstico para esta noche: La Tormenta Helada ha llegado.
Debajo del Observatorio...
Batman y Robin aparecen en el Batmóvil y el Redbird, ambos modificados con camuflaje anti-hielo. Un contacto del mundo de las carreras clandestinas les ha dado el aviso del heist.
Al ingresar al observatorio, los héroes se enfrentan a los pandilleros de Freeze, quienes visten trajes de esquimales salvajes y atacan con armas criogénicas y granadas de congelación.
En medio del frenesí, una sombra imponente emerge: el enorme oso polar amaestrado de Freeze. Con fuerza devastadora, embiste el área.
Robin, con rapidez táctica, dispara un dardo tranquilizante, adormeciendo a la bestia antes de entregarla a las autoridades para su regreso al zoológico.
La policía de Gotham permanece afuera, dejando que Batman y Robin hagan su trabajo.
En el corazón del Observatorio...
Los héroes alcanzan la sala del telescopio y se preparan para enfrentar a Freeze.
Pero el peligro los toma desprevenidos.
Desde las sombras, Poison Ivy ataca.
Con un golpe certero, su látigo de hiedra impacta a Robin, lanzándolo hacia el vacío. Al mismo tiempo, Batman es atrapado por enredaderas que aprisionan su cuerpo.
Robin cae... pero en el último instante, un cable con el símbolo de un gorrión lo sujeta en el aire.
Una voz firme resuena.
—Te tengo.
Es Barbara Gordon, envuelta en un traje de Batichica.
Ambos ascienden al área del telescopio, donde Batgirl se enfrenta a Ivy con furia desatada.
Con una rápida evaluación del terreno, Batgirl calculó su siguiente movimiento. Pamela lanzó una ráfaga de enredaderas desde sus manos, intentando atrapar a la heroína, pero Batgirl reaccionó en el momento justo. Con un grito de batalla, impulsó su cuerpo en el aire y ejecutó una patada voladora con precisión letal.
El impacto fue brutal. Pamela salió disparada hacia atrás, cayendo al abismo y estrellándose contra el techo de una patrulla de policía con un estruendo metálico. Su cuerpo se arqueó al recibir el golpe, y un último suspiro escapó de sus labios. La sangre verde, espesa y luminosa bajo las luces de la ciudad, comenzó a deslizarse por el concreto, trazando un rastro espectral en el pavimento de Gotham.
El aire se llenó de un silencio inquietante. La amenaza de Poison Ivy se había extinguido, pero el precio de la batalla aún flotaba en la atmósfera.
Robin, aún con el pulso acelerado, libera a Batman con una sierra portátil.
Pero la victoria es breve.
La bomba detonó con un estruendo ensordecedor, haciendo que el telescopio se desplomara como un gigante derrotado. Pero antes de que tocara el suelo, el rayo criogénico se activó, liberando una fuerza monumental que atravesó el aire como un relámpago helado. En cuestión de segundos, el downtown de Gotham quedó atrapado en un invierno eterno.
Los edificios se cubrieron de una capa de hielo reluciente, las calles se transformaron en ríos congelados, y los vehículos quedaron inmóviles, atrapados en su propia prisión de cristal. Los ciudadanos, sorprendidos en medio de su rutina diaria, se convirtieron en estatuas de hielo, sus expresiones congeladas en un instante de terror.
La ciudad, que alguna vez fue un hervidero de caos y vida, ahora yacía en un silencio sepulcral, un paisaje de hielo y destrucción que parecía salido de una pesadilla. Gotham había sido congelada por completo, y el mundo nunca volvería a ser el mismo.
En el último instante, Freeze salta desde la estructura, cayendo en el lobby del observatorio, su traje destrozado y rodeado de cristales y metal.
Batman, Robin y Batgirl observan la escena dantesca.
Gotham... se ha sumergido en la oscuridad eterna del hielo. La batalla no ha terminado.
La ciudad yace atrapada en una pesadilla congelada, y sus protectores deberán encontrar la manera de desafiar al frío y salvar Gotham antes de que sea demasiado tarde.
Capítulo 10: Amanecer en Gotham
La cúpula del observatorio yace en ruinas, pero entre los escombros la pantalla de la computadora central del telescopio sigue funcional. Los científicos han sido rescatados, aunque permanecen inconscientes por la explosión.
Batman, aún procesando la presencia de su inesperada aliada, observa a la joven con el traje negro y el símbolo de un murciélago en el pecho.
—Gracias por salvarnos. Pero… ¿quién eres?
Batgirl le sostiene la mirada con determinación.
—Puedes llamarme Batgirl.
Batman y Robin intercambian una mirada desconcertada. Pero este no es el momento de discutir identidades. La ciudad sigue congelada y el tiempo es su enemigo.
Robin, con la rapidez de un experto, comienza a teclear en la super computadora.
—Está a punto de amanecer. Si logramos triangular la posición de los rayos solares en otros continentes, podríamos usar el diamante de Freeze para enviar una sonda de calor y descongelar Gotham antes de que sea demasiado tarde.
Las imágenes en pantalla comienzan a fallar. Un obstáculo.
Entonces, con la destreza de quien domina los códigos digitales, Batgirl introduce velozmente una serie de comandos en la PC.
—Dos años en Oxford, ciencias de la computación aplicada.
Batman, impresionado, sonríe con aprobación.
—Bueno, tenemos a una genio con nosotros. Bienvenida.
La computadora se sincroniza con los telescopios más poderosos del mundo, logrando condensar un rayo de calor proveniente de la luz solar.
Desde lo alto del observatorio, un haz luminoso envuelve Gotham.
El milagro ocurre.
El hielo comienza a romperse. Las calles, los edificios, los autos, todo empieza a descongelarse.
El metro vuelve a funcionar. Los policías recuperan la movilidad. Incluso un pequeño pug que había quedado congelado mientras orinaba en un poste recobra su libertad, sacudiéndose la nieve con confusión.
La ciudad despierta de su pesadilla helada.
El Último Acto
Cuando Batman baja a la entrada del observatorio, Victor Fries está derrotado. Sin su traje, debilitado por el frío extremo, es llevado por la policía.
Pero Batman se acerca, su voz calmada pero firme.
—Victor. Te tengo una propuesta.
Fries alza la mirada, con ojos cansados.
—Trabaja conmigo en el área de investigación de Wayne Industries. Ayúdame a encontrar una cura para el síndrome MacGregor.
Fries, sorprendido, escucha con atención.
—Con la tecnología de Wayne, podríamos ayudar a que tu esposa salga del coma.
Un silencio.
Y luego, una lágrima brota de uno de los antes gélidos ojos de Fries.
Por primera vez en años, la esperanza toca su corazón helado.
Asiente con una sonrisa triste.
Batman se inclina un poco más hacia él.
—Planeabas destruir vidas. Ahora, Dr. Victor Fries, ayúdame a devolver una. No te lo pido como Batman, sino como un ciudadano de Gotham conmovido.
Fries cierra los ojos un momento.
—Acepto.
El Amanecer de Gotham
La madrugada llega. En la comisaría, el Comisionado Gordon observa como se desvanece la Batseñal en el cielo, el último símbolo de esperanza.
Pero entonces, Barbara se acerca.
Gordon, al verla, la abraza con fuerza.
—¡Estás viva!
Ella sonríe.
—Sí, papá. Estoy viva. Unos amigos me ayudaron.
Gotham ha sido salvada.
Desde el observatorio, la multitud observa con admiración cómo Batman, Robin y Victor Fries se alejan en el Batmóvil.
Mientras los primeros rayos del sol bañan sus rostros, Gotham respira nuevamente, lista para un nuevo amanecer.
Epílogo: Sombras y Presagios
La Mansión Wayne está sumida en un silencio expectante. En la gran sala, Batman, Robin y Batgirl esperan, conteniendo la respiración, mientras el médico de cabecera de la familia revisa sus últimos apuntes.
Finalmente, la puerta de la habitación de Alfred se abre.
El doctor sale con una expresión de alivio.
—Alfred vivirá.
Un suspiro colectivo llena el aire.
—El suero creado por Victor Fries ha comenzado a regenerar sus células. El síndrome MacGregor etapa IV está cediendo.
Entonces, con paso lento pero decidido, Alfred aparece en el umbral. Su piel aún muestra signos de debilidad, pero su mirada conserva la chispa de quien ha desafiado la muerte.
Sonríe con ironía.
—Mala hierba nunca muere, supongo.
La emoción se traduce en un abrazo cálido entre Bruce, Dick y Barbara. Durante años, Alfred ha sido mucho más que un mayordomo: ha sido familia.
Bruce, con su típica seriedad, no deja pasar la oportunidad de una leve reprimenda.
—Ya que estás mejor, tengo que regañarte por haberle cosido un traje de Batgirl a esta señorita.
Barbara sonríe con travesura.
—¿Problema con el diseño?
Bruce suspira.
—Quien inmediatamente va a volver a la universidad.
Pero Dick, con una sonrisa cómplice, abre una maleta negra.
Dentro, un nuevo traje negro con el símbolo de un ave azul en el pecho.
—Nunca ganarás esa discusión, Bruce.
Barbara, con ojos brillantes, mira a ambos y extiende su brazo.
—¿Compañeros?
Bruce y Dick cruzan miradas. Luego, sus puños se unen al de Batgirl.
—Compañeros.
Alfred, divertido ante la escena, levanta las cajas de pizza de la noche anterior.
—Parece que tendremos que construir una Baticueva más grande.
Las primeras luces de la mañana bañan la mansión con un cálido resplandor.
Bruce Wayne observa el amanecer con una sensación de paz. Salvar a Alfred, de alguna forma, ha sido como salvar a sus padres.
Kilómetros más allá…
En una prisión olvidada, sepultada en el corazón del desierto, el sonido de una risa llena la oscuridad.
Entre las sombras, Ra’s al Ghul sostiene un antiguo receptáculo. En su interior, el suero verde genéticamente modificado de Pamela Isley.
Con precisión, llena una jeringa con el líquido venenoso.
Frente a él, un prisionero encadenado, sus músculos tensos, su mirada rabiosa.
La aguja atraviesa su piel.
El grito que sigue es infernal.
En cuestión de segundos, su musculatura se expande de manera grotesca, convirtiéndolo en una criatura de fuerza descomunal, un monstruo nacido del odio y la venganza.
Ra’s al Ghul susurra con satisfacción.
—Bane.
El monstruo ruge, rompiendo sus grilletes con una sola sacudida.
Ra’s sonríe con una certeza oscura.
—Nuestro tiempo ha llegado. Gotham tiene los días contados… y con ella, su protector también debe perecer. En el fondo del pozo, la luz del día nunca llega. Pero entre las sombras, murciélagos revolotean, como si presintieran la tragedia que está por desencadenarse. La macabra carcajada de Ra’s al Ghul lo envuelve todo.
FIN
Batman, Robin, y todos los demás personajes son propiedad de Warner Bros.
y DC Comics.

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